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viernes, 1 de noviembre de 2013

Los LaZieS. Una historia de Rock'n'Roll (II)

La ventanilla del medio camino

Cuando reconoces un idioma bien cuidado,
el disfrute pulido de una expresión,
agradecida y alegre de encontrar
a su madre ausente.

Marrone.

Sus pausas, sus ritmos
y sus melodías.
Y dos coches que recorren la carretera perdida.
Desde la ventanilla del medio camino.

Y la torre,
sin iluminar.

lunes, 14 de octubre de 2013

Sueños (II). Las Cobras

Años más tarde, vivimos pared con pared en uno de esos bungalows propios de las afueras de la ciudad...

En la parte trasera tienen esos jardincitos, de 10x10 aproximadamente, donde se pueden colocar mesas para las comidas al sol o instalar una pequeña piscina. Ahí estoy yo en ese momento, pero no soy el de antes, ahora soy una cobra, una cobra roja de metro ochenta exactamente y quiero salir de esa casa, no sé lo que hago ahí. Al mirar por encima del murete que separa nuestros jardines observo a otra cobra exactamente igual que yo pero de color azul. No le digo nada porque yo no sé hablar con las cobras. Sin embargo, cuando pretendo salir de la casa todas las puertas están cerradas y una niña de unos once años, rubia y con coletitas, me dice que he de esperar a que vuelva su padre. Su padre nunca llega y por el camino descubro, por lo que me cuenta la niña, que su vecino es un prestigioso biólogo que ha clonado dos cobras de gran tamaño y que se llama José Antonio.
Para rematar la faena aparece un Yuppie en el garaje, está sentado recuperando fuerzas en una silla junto a una de las columnas, dice que vuelve de pegarse un gran “festival”, que se quedará ahí hasta que se recupere y que harán un trato: él vendrá cada vez que necesite comer y dormir y ellos le servirán un plato o darán un sitio donde dormir.

La puerta del garaje se abre con un pitido intermitente.

viernes, 22 de marzo de 2013

El Berlín Blanco (II)


"Te fliparía un terreno como la nieve, con sus diferentes resbalones, colores y texturas. Y un sonido...
¿Sabes lo que dice una virgen blanca cuando la pisas por primera vez?

POP."

                                   Foto: Nievetex por Luis Taboada de Zúñiga Juárez (2013)

Sentado de espaldas a un radiador que arde como el infierno Sven W. se seca las rastas. Matando el tiempo dibuja sobre un cuaderno el cuadro que visualiza: bajo el arco de la cama elevada, Bella juguetea sobre él, le muerde el labio superior y retozan prendidos el uno al otro. Viven ajenos al tiempo y al espacio más allá de sus cuerpos.

En realidad Sven W. no sabe dibujar y, como las rastas aún están húmedas, decide probar con otro pasatiempo: va escribiendo las palabras que más le gustan según le vienen a la mente:

Skateboarding

Insel

Elefant

Gitarre

Blume

Ente

Rechts

Tanne

Mientras tanto, en algún lugar de Tegel...

- No te puedo pagar. Y tengo mucha prisa por coger un vuelo al que llego extremadamente tarde. Dame tu número de teléfono, en cuanto vuelva te llamo y te pago.
Mírame a los ojos, no te miento.
- Vale, cuando vuelvas llámame a este número.

En Berlín, ya experimentado, lo primero que hice fue preguntarle a Siegbert si podía pagarle con tarjeta. Esta vez sí la llevaba aunque sabía la respuesta de antemano. El examen evidentemente lo suspendí. El vuelo, por gracia de Siegbert y su habilidad para dejarme en el lugar exacto, lo cogí. Con ambos taxistas quedé después, días después.

En Madrid me esperó junto al torno de la estación de metro de La Peseta para que no tuviese que salir y volver a pagar y, además, me devolvió el cambio aunque yo no quería. Me confesó, como voz autorizada del gremio, que si no les hiciesen tantas faenas harían muchos más favores como Éste.

                                    Foto: Berlín Sol y Nieve por Luis Taboada de Zúñiga Juárez (2013).
                                                                   El lugar donde Siegbert me recogió.


En Berlín Siegbert volvió hasta esa parada de taxis donde yo me había montado semanas atrás. No me devolvió el cambio (en Alemania es costumbre dejar propinas a taxistas y personal de peluquería además de a los camareros) pero, al agradecerle su confianza, me dijo sin pestañear que no había dudado en ningún momento acerca de que le pagaría. Mientras la melena blanca se alejaba, un joven algo chalao sonreía bajo los copos de nieve.


Aquí la primera parte: El Berlín Blanco (I)